La vida que nos une

A Santiago Maldonado,
desaparecido en democracia y asesinado el 1º de agosto de 2017
por la gendarmería nacional de Bullrich y Macri.



Tomaste aire, alzaste la cabeza y miraste al cielo, entre humo y disparos, miraste al cielo. No porque hayas creído en ese dios de mentiras y castigos, sino porque todavía no podías creer el azul abundante, todos los días un azul distinto, que se escurre sobre la naturaleza horizontal, incalculable, tierra ancestral. 

Una infinitud que se enaltece en tus ojos a partir de tu mirada hacia arriba y que elige un bando. Al mirar, se te caen algunas lágrimas, y yo te entiendo. A mí también se me cayeron algunas un verano que me paré en la cima de una sierra. Algunas inmensidades nos hace alegremente indefensos y el lenguaje enardece la fantasía. Me cuestioné hasta los huesos y pregunté en voz baja cómo era realmente la vida. Quizás vos respondiste años más tarde. Quizás lo hiciste poniendo en jaque al ruido estrepitoso de los tiranos que manchan con sudor y sangre todo lo que tocan, todo lo que no les pertenece.

Algunos dicen que la tierra es de todos y no es de nadie. Rodeados de trampas y especulaciones vos y yo tenemos en claro que las tierras no son de ellos y vas a dar la vida por defender hasta el último rayo de luz que las alumbre (ese rayo de luz, tan parecido al amarillo que esparcías en las pieles de tus amigos).

Tomaste aire y miraste al cielo. ¿Qué es la muerte? preguntaste, y hubo silencio. Quizás se esperaba un silencio de película, prudente pero el silencio vino con humo y disparos: era silencio de la paz de los tiranos. Aprendimos que la muerte es muerte, nada más. No es dolor, ni queja, ni angustia, ni la sensación de extrañar a un ser amado, ni miedo. La muerte no siente, no es nada, en cambio, toda musicalidad desafinada, toda ausencia pesada y permanente queda para la vida.

Vos pusiste en el centro de la escena el goce de la vida, algo muy difícil de imaginar y le hiciste un guiño de unión a los pobres y a los invisibles, también a los que no sabían del tema porque ¡hace cuánto tienen prohibida la memoria!, esa palabra que asusta a unos y compran con sus millones, otros, para quebrantarla. Y pagaste con tu vida por desertor en las modernas campañas del desierto. 

Yo te conocí así, buscándote, y no imaginé sentir tanto dolor y bronca en el camino. Teníamos casi la misma edad y nos habíamos emocionado por la maravilla natural, (un tesoro, que vos sí querías que fuera de todos, para que no sea una reminiscencia de manual). Fuiste mi compañero, como los y las que me fui cruzando a lo largo de estos años, de esos y esas que se la juegan hasta el final para que la vida sea para ser vivida, sin las amenazas y miserias que ellos dejan.

Cuando se trata de vos, pienso que la muerte no es nada, porque se trata de todos y todas. Los y las que como vos, estamos vivos, no tenemos miedo y nos jugamos por tomar la posta de la historia de la humanidad.

Pagaste con tu vida, hermano. Pero antes, entre el humo y los disparos, miraste al cielo, y nosotros, nosotras dijimos: yo soy Santiago, mil veces venceremos.

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